Camino de la beatificación de Sor María Trinidad
El 30 de abril, en el monasterio de las Clarisas de Jerusalén, se abrió oficialmente la fase diocesana de la causa de beatificación
La fase diocesana de la causa de beatificación de Sor María de la Trinidad se abrió oficialmente el 30 de abril en el monasterio de las Clarisas de Jerusalén en un acto al que se unió la comunidad franciscana se unió en oración, junto con el Custodio, fray Francesco Patton.
La ceremonia estuvo presidida por mons. William Shomali, Vicario General del Patriarcado Latino de Jerusalén, quien leyó el discurso preparado del Patriarca latino de Jerusalén, Cardenal Pierbattista Pizzaballa, que no pudo asistir en persona como estaba previsto en un principio, y en el que subrayó la importancia del testimonio de fe dejado por Louisa Jaques: «En estos días oscuros para nuestro país y para la humanidad, la experiencia de Sor María de la Trinidad es una palabra de luz y de esperanza. Ella nos exhorta a anclarnos en la verdadera esperanza: cuando ‘todas las mentes y los corazones están absorbidos por esta terrible guerra, qué bueno es tender la mano hacia lo que está más allá de la destrucción y la muerte, lo único que permanece para siempre: nuestro Señor Dios'».
Tras la lectura de la biografía, en la que señaló que Louisa-ElisaJacques fue una mujer marcada por su fragilidad física y profundas luchas espirituales, se convirtió al catolicismo en 1928, a los 27 años, e ingresó en las Clarisas de Jerusalén en 1938m donde vivió una intensa vida mística, recogida en «Coloquio Interiore» (Diálogo Interior). Murió en 1942.
La abadesa del convento, sor Maria de Nazaret, presentó a su compañera como un ejemplo diario de santidad para toda la comunidad del monasterio y para todos los fieles que le son devotos. «La Sierva de Dios María de la Trinidad era una hermana como nosotras, profesó sus votos como nosotras, escuchó la voz del Señor y siguió su llamada. Su historia nos anima a decir que nuestra vida tiene como meta la santidad, una santidad que trae la plenitud y la felicidad completa que sólo Cristo nos promete. La unión con Cristo es el destino hacia el que todos caminamos».
