Canonización de los mártires franciscanos de Damasco
Artículo publicado en la Revista Tierra Santa nº 76
Autor: Fray Fadi Azar, OFM. Párroco del Convento del Sagrado Corazón de Jesús en Latakia (Siria)
Los custodios de los Santos Lugares eran hijos de san Francisco de Asís, quien en 1219 había predicado el Evangelio al sultán de Egipto. Se encargaron de conservar y restaurar las basílicas cristianas, y cuidaron de los peregrinos y fieles residentes en los principales centros de Oriente Próximo. Desde el siglo XVI, se abrieron conventos y escuelas gratuitas en casi todas partes, sin excluir Damasco, capital de Siria, que esperaban la conversión de los musulmanes y el reencuentro de los cristianos de diversos ritos con la Iglesia católica. Los papas reconfirmaron repetidamente su confianza en los franciscanos y les concedieron las facultades necesarias para el gobierno de las comunidades católicas que se iban estableciendo.
A lo largo de los siglos, los franciscanos de Tierra Santa han sufrido masacres, acosos y expulsiones, pero su amor por la tierra de Jesús nunca flaqueó. En julio de 1860 se enfrentaron, en Damasco, a una sangrienta persecución por parte de los musulmanes drusos, apoyados por las autoridades turcas locales. Unos años antes (1853-1855) Turquía y sus aliados franceses, ingleses y piamonteses habían librado una guerra en Crimea contra Rusia, porque esta potencia pretendía el dominio exclusivo de los Lugares Santos y el desmembramiento del Imperio Otomano.
Tratado de París
Se puso fin a esta situación en el congreso y tratado de París (1856). En él se reconocía, por primera vez en la historia, a Turquía como potencia, con la misma personalidad jurídica que los estados cristianos. Como consecuencia, el sultán se vio obligado a reconocer la libertad de culto para cualquier comunidad religiosa residente en su imperio y admitir a todos los súbditos en cargos públicos, sin distinción de raza o culto.
Para los musulmanes, ese gesto significó un insulto al Corán, por lo que no se limitaron a protestar, sino que invitaron a todos sus correligionarios a reaccionar contra las políticas del sultán. En las impenetrables montañas del Líbano, la obstinada aversión de los musulmanes drusos hacia los cristianos podía llevarlos a hacer cualquier cosa, aunque el gobernador general, Khursud Pasha, residente en Beirut, hizo creer a los obispos que tomarían medidas en defensa de la justicia. En los primeros meses de 1860, un leve incidente entre dos muchachos, uno druso y un maronita, bastó para desatar la ira de los enemigos de los cristianos. Las aldeas cristianas fueron entonces invadidas e incendiadas, y los niños, las mujeres y los ancianos fueron masacrados sin piedad. Incluso en Damasco, con unos 150.000 habitantes, los musulmanes atacaron a los católicos.
Fueron asistidos por diversas familias religiosas, entre ellas las franciscanas que, además de la atención espiritual de los latinos autóctonos o extranjeros, mantenían la escuela parroquial y las obras de asistencia a peregrinos y pobres. Quien tomó la defensa de los perseguidos fue el emir Abd-el-Kader, argelino de nacimiento, abrumado por los franceses en 1847 y obligado a exiliarse con más de 2.000 compañeros de armas. En Damasco, donde había establecido su residencia, era muy estimado y temido. Resuelto a oponerse a los asesinos con todas sus fuerzas, armó a 1.200 de sus soldados, pero antes de que tuvieran tiempo de correr allí se produjo una carnicería parcial.
9 de julio, víspera de los acontecimientos
Los católicos de diversos ritos residentes en Damasco en aquella época podrían ser unos 10.000. A medida que se acercaba la tormenta, muchos buscaron refugio en otros lugares, la mayoría confiaba en que la intervención de los cónsules extranjeros y del emir evitaría cualquier violencia. En la víspera del 9 de julio de 1860, se sentía que algo grave estaba a punto de suceder. De las mezquitas llegaban palabras incendiarias y grupos sospechosos de drusos y musulmanes recorrían las calles del barrio cristiano cantando: “¡Oh, qué dulce es, oh, qué dulce es masacrar a los cristianos!”.
Para provocarlos mejor, marcaron las calles con cruces y los obligaron a pisotearlas al pasar. Algunos incluso llegaron a colgar cruces alrededor del cuello de perros callejeros y obligar a los cristianos a arrodillarse ante ellos para adorarlos.
Acababa de pasar el mediodía del 9 de julio cuando, de repente, una turba enfurecida salió a las calles. El primer ataque relámpago tuvo como objetivo la residencia del Patriarcado griego no unido. Ningún rincón del barrio escapó a la devastación y al saqueo. Al primer ruido, Abd-el-Kader se apresuró con sus patrullas, pero en lugar de entablar batalla contra los alborotadores, trató de poner a salvo al mayor número posible de católicos en su palacio y ciudadela con los jesuitas, los lazaristas, el Hijo de Caridad y alumnos de escuelas.
El superior de los franciscanos, Manuel Ruiz, no tuvo la preocupación de refugiarse en el palacio del emir, como habían hecho los demás religiosos, porque los muros del convento eran muy sólidos y las puertas de acceso a la iglesia y al claustro estaban protegidas por grandes láminas de hierro. De hecho, el intento de los insurgentes de forzar la entrada había fracasado.
Detrás del convento había una pequeña puerta en la que nadie había pensado. Fue denunciada a la plebe por un traidor judío, servidor de los franciscanos y beneficiado por ellos, y pasada la medianoche irrumpió gritando en el convento.
Mártires franciscanos
De los mártires de Damasco, siete son franciscanos frailes menores españoles: Manuel Ruiz, superior de la Comunidad, nacido en San Martín de Ollas (Burgos) el 5 de mayo de 1804 (†56 años); Carmelo Bolta, nacido en Real de Gandía (Valencia) el 29 de mayo de 1803 (†57 años); Nicanor Ascanio, nacido en Villarejo de Salvanés (Madrid) en 1814 (†46 años); Pedro Soler, nacido en Lorca (Murcia) el 28 de abril de 1827 (†33 años); Nicolás Alberca, nacido en Aguilar de la Frontera (Córdoba) el 10 de septiembre de 1830 (†30 años); Francisco Pinazo, nacido en Alpuente (Valencia) el 24 de agosto de 1802 (†58 años) y Juan Jacobo Fernández, nacido en Carballeda de Cea (Orense) el 29 de julio de 1808 (†52 años). También se encontraban el austriaco; Engelberto Kolland, nacido en Salzburgo el 21 de septiembre de 1827 (†33 años) y los tres hermanos laicos maronitas: Francesco, Abd-el-Mooti y Raffaele Massabki.
Beatificación y canonización
Los cuerpos de los once mártires fueron colocados en un sótano del convento, de donde fueron retirados en 1861 para ser colocados en dos ataúdes y enterrados en una tumba abierta en el suelo de la iglesia. Los fieles no tardaron en venerarlos como mártires y obtener gracias y milagros en el contacto con sus reliquias. En el proceso canónico, un joven greco-católico depuso bajo juramento: “Hacia medianoche vi una vez el sótano donde yacían los cuerpos de los franciscanos masacrados poco antes por los turcos, todo iluminado. Entonces llamé a Giorgio Cassar y a su hijo, ellos también, como yo, damasquinos y cristianos, junto con un musulmán, que dormía en el convento, y les pregunté si había alguien en el sótano y si sabían el origen de esa luz… Ya que me respondieron que “No había nadie, cogimos las llaves para bajar a los cuatro. Apenas se abrió la puerta cuando, desde abajo, se levantó una columna de humo de la que desprendía un fuerte olor a incienso.”
Los mártires de Damasco fueron beatificados por el Papa Pío XI el 10-10-1926, y su fiesta se fijó para el 10 de julio.
Ahora, el 23 de mayo de 2024, casi un siglo después, el Papa Francisco ha aprobado su canonización, que está prevista para el próximo 20 de octubre.
Las reliquias de estos mártires son veneradas en la iglesia dedicada a San Pablo y oficiada por los franciscanos, en Damasco.
Peregrinaciones a Roma
Los pueblos y las diócesis de procedencia de los siete futuros santos españoles —San Martín de Ollas (Burgos), Gandía (Valencia), Villarejo de Salvanés (Madrid), Lorca (Murcia), Aguilar de la Frontera (Córdoba), Alpuente (Valencia) y Carballeda de Cea (Orense)— están preparando con muchísima ilusión diversas peregrinaciones a Roma para asistir a la canonización de estos franciscanos, frailes menores españoles. ¡Próximamente las anunciaremos!
