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Carmelo Bolta: discípulo, misionero y mártir

septiembre 11, 2024

Desde Real de Gandía (Valencia) se espera con entusiasmo y devoción la canonización del beato, que se celebrará el próximo 20 de octubre

AUTOR: Padre Gonzalo M. Carbó Bolta. Cooperador de la Verdad de la Madre de Dios

Mientras estaba en Roma como peregrino, el pasado 24 de mayo, me transmitieron la gran noticia. El Santo Padre había aprobado el día anterior la canonización, entre otros, de los once “Mártires de Damasco”, ocho de los cuales eran hermanos menores franciscanos y los otros tres, hermanos laicos maronitas, que sufrieron martirio en la iglesia del convento franciscano, en odio a la fe. Entre ellos se encontraba el beato Carmelo Bolta Bañuls, cuya familia y vecinos estaremos presentes en Roma para su canonización, el 20 de octubre.

Esta determinación de la Madre Iglesia me llena desde el primer momento de un gozo indescriptible. Y, como Moisés, me postro descalzo sobre suelo sagrado ante la zarza del Dios tres veces Santo, que arde en fray Carmelo Bolta, pero no se consume,  y me certifica en la esperanza de que la misma santidad canonizada va a alcanzar mi espíritu y mi alma y mi cuerpo, según el beneplácito y misericordia del Señor (cf Ex 3,1-6).

Nací en Real de Gandía (Valencia), en 1940, en el mismo pueblo del Beato Carmelo. En nuestra familia, desde pequeños, se nos ha hablado del “tío Carmelo”, “el tío beatet”, “el beato Carmelo”. Hemos contemplado y besado la reliquia familiar que tenemos, y que nos ha acompañado en nuestro crecimiento en la fe y en las ayudas que le hemos pedido. En el camino de mi consagración, como religioso y como presbítero, él ha tenido una gran y constante significación. Por lo que agradezco poder transmitir algo de lo que el Señor ha obrado en el niño y joven Pascual Bolta, en el religioso y sacerdote Carmelo y en el santo párroco mártir:  discípulo, misionero, pastor en Amor hasta el extremo… Palabra viva de Dios para cada uno de los que le conocemos y veneramos. 

Infancia y juventud

En esta contemplación de la vida de fray Carmelo Bolta podemos distinguir dos grandes etapas: la primera su infancia y juventud  hasta su profesión solemne como “Hermano menor franciscano” y su ordenación de Presbítero, recibiendo un nombre nuevo “Carmelo”; la segunda, desde la gracia recibida de “obediencia y bendición para ir a Tierra Santa” hasta su nombramiento como párroco de la parroquia de San Francisco en Damasco; y la corona será su pascua martirial, que hace presente el Amor hasta el colmo del Buen Pastor. 

El beato Carmelo Bolta nació en Real de Gandía el 29 de mayo de 1803 y fue bautizado con el nombre de Pascual. La Iglesia completará su iniciación cristiana sacramental con la Confirmación en las Escuelas Pías de Gandía y, posteriormente, la Primera Comunión y el sacramento de la Reconciliación.

Sus padres favorecen en la familia un ambiente humano y cristiano de calidad y facilitan toda relación con la parroquia, y se educa en las Escuelas Pías de Gandía, colegio que propicia a sus alumnos un crecimiento personal en todas sus dimensiones, según la novedad educativa y eclesial de San José de Calasanz, bajo el lema de Piedad y Letras, Amor y Verdad: el Amor a Dios y al Prójimo, la Verdad de la Creación y de los hombres en la Historia de Salvación. La “Pietas calasanctia” se plantea y vive en tres dimensiones, que así lo recibe sin duda el pequeño Pascual: el encuentro personal con Jesús por la Oración y los Sacramentos, la iluminación catequética por la Palabra, la Historia Sagrada y el Catecismo, el cambio de vida moral por la contemplación de los Santos Niños y los pequeños reglamentos y por el acompañamiento de educadores sacerdotes, que hacen presente el amor paternal de Dios.

Los tres ambientes o senos donde crece Pascual Bolta (familia, parroquia, escuela) favorecen el cimiento sólido donde el Señor construye la casa que resistirá firme vientos y torrentes, glorificando a Dios y acogiendo a todo prójimo hasta el martirio. Del niño y joven hay testimonios de buena predisposición para los estudios, de piedad, de laboriosidad (estudios y trabajo-oficio de barbero), de sensibilidad religiosa, en un ambiente familiar sereno y de buen bienestar.  

Estos ambientes y relaciones con religiosos y conventos y, sobre todo, la influencia de su tío franciscano Isidro Banyuls, le van a orientar vocacionalmente a la vida religiosa en la Orden franciscana de los Hermanos Menores. Y entra en el noviciado de Valencia a los 21 años tras las huellas de San Francisco, queriendo vivir el “evangelio sine glosa”. Al año siguiente, en 1825, emite su Profesión solemne con un nombre nuevo: Fray Carmelo, monte donde Elías y Eliseo y profetas daban culto a Dios). Inicia los estudios eclesiásticos en diversos conventos de la Orden.

Con 26 años, es ordenado presbítero y ejerce su ministerio, sobre todo en la predicación, durante dos años. Consigue Obediencia y Bendición para ir a Tierra Santa… y embarca en Barcelona en julio de 1831.

En esta peregrinación a Tierra Santa, a la que llega en agosto de 1831, seguro que se le abrió más de una vez el cielo y escuchó la Palabra del Padre “Tú eres mi Hijo amado. En ti me complazco” (Cf Mc 1,11). Y más de una vez, también, el Espíritu Santo bajó a su corazón para conformarlo al propio Jesús en su encarnación: “Heme aquí, Señor. Tú me has dado un cuerpo para hacer tu voluntad” (cf Hb 10,5-10)… Con María “conservaba cuidadosamente todos estos acontecimientos en su corazón” (cf Lc 2,51).

Misionero de Jesús

“Id y anunciad el Evangelio a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he enseñado. Y he aquí que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20)

Fray  Carmelo Bolta va a vivir en la Tierra de Jesús casi 30 años, bebiendo como peregrino de las gracias de cada santuario de la Redención, escrutando las huellas de Jesús (como deseaba San Francisco), sufriendo debilidades de salud, estudiando lenguas orientales y enseñándolas, residiendo en diversos enclaves de la Custodia franciscana en Tierra Santa y en Siria, animando las fraternidades franciscanas, entregando su vida a la salvación de las almas de los cristianos y a la educación de niños y jóvenes… insigne por su sabiduría y su predicación. Durante esos años estuvo en Jerusalén estudiando lenguas orientales para, posteriormente ser el superior-presidente del Hospicio de Jaffa. Poco después volvió a Jerusalén, donde permaneció 10 años aprendiendo y enseñando a los estudiantes de la Orden. Fue enviado a Damasco como guardián y regresó como párroco de San Juan en la Montaña, en Ein Karem, para volver, años después a Damasco y finalizar su vida como guardián de la Comunidad.

Carmelo, mártir

A fray Carmelo, enfermo por una parte y por otra desgastándose en la misión, se le releva de su responsabilidad y entrega como Guardián de la fraternidad de Damasco. En octubre de 1858 se le confía la parroquia de San Francisco, y sigue con las clases de árabe a los jóvenes franciscanos y profesor de las escuelas de la misión católica.

En estos dos años, recibe la última gracia de “identificación con Jesús Buen Pastor” por su ministerio sacerdotal: “El buen pastor da la vida por sus ovejas” (cf Jn 10,9-10). Y fray Carmelo, sabiendo que había llegado la hora de pasar al Padre, habiendo amado a los que el Padre le había confiado, “los amó hasta el extremo” (cf Jn 13,1). 

El 9 de julio de 1860, el muecín de Damasco hace su canto a mediodía contra el barrio cristiano, para la total matanza de quienes se nieguen a renegar de su fe, al son del canto “Dulce y agradable sacrificio de cristianos”. Drusos y otros entran en gran número, saquean, incendian, arrasan, violan, asesinan a placer: sólo en Damasco se cobran entre 4.000 y 6.000 víctimas cristianas.

La comunidad franciscana es invitada por el emir argelino a su palacio… pero renuncian, por permanecer con los católicos. En el convento franciscano de San Pablo se cobijan 90 refugiados más los tres hermanos Massabki, niños de la escuela y 8 franciscanos.  Manuel Ruiz, ministro de la Comunidad, y Carmelo Bolta, párroco animador de la caridad pastoral de los franciscanos, avanzada ya la noche entre el 9 y el 10, convocan a todos en la iglesia para rezar, comulgar y vivir con Jesús esta dolorosa y redentora Pascua. Irrumpen  en tromba las hordas en el convento e iglesia, y celebran con toques de campana cada asesinato. Las primeras víctimas de las cimitarras turcas son los crisianos maronitas, seguidos por los religiosos y el resto de alumnos del colegio, exhortados a “morir antes que apostatar”.

De los frailes franciscanos, el primero en morir es el guardián fray Manuel Ruiz, decapitado sobre el altar. Fray Carmelo se retira desapercibido a un rincón para orar por sus hermanos y sus feligreses, esperando y pidiendo para todos la fortaleza del amor hasta el martirio. Localizado y herido es increpado para que se haga musulmán. Y él confesará: “Jamás renunciaré a la fe cristiana, y no temo morir por ella. Matad mi cuerpo, si queréis, pero mi alma está en manos de Dios”. Un golpe certero de maza le rompe el cráneo y le remata… y tocan la campana en son de burla. La entrega de su  vida al Señor corona la ejemplaridad de su apostolado realizado arduamente en el árido campo de los musulmanes. 

Carmelo, junto con los otros 7 franciscanos y los 3 hermanos laicos maronitas, recibe así “el supremo don y la prueba mayor de caridad, que es el martirio, con el que el discípulo llega a hacerse semejante al Maestro … en el derramamiento de su sangre para la salvación del mundo” (cf LG 42).

Glorificación eclesial

La Iglesia se ha acercado y nos ha acercado a ver la gloria de Dios en Carmelo Bolta Bañuls y sus compañeros mártires… Y ha recorrido un camino de comprensión de su glorificación: 

“Dios, antes de la fundación del mundo, lo ha conocido y amado, predestinado, llamado, justificado, finalmente glorificado” (Rm 8,28-30) … y la Iglesia lo ha declarado “venerable” (1885), “con fama de santidad” (1895), “beato”(1926) y “santo”. Con su canonización, prevista para el 20 de octubre de 2024, la Iglesia propone al Santo mártir Carmelo a todos los cristianos y a todos los hombres: contemplación, amor, veneración y culto, intercesión e imitación y comunión con Cristo… que vivifique en nosotros la esperanza de ser santos con un amor cada vez más pleno al Señor y al prójimo.

La Iglesia nos propone este santo como una Palabra de Dios, que nos ilumina, guía y fortalece. El Espíritu nos lo recuerde y «considerando el desenlace de su vida, imitemos su fe” (cf Hb 13,7-8).

Actividades previstas

Desde la diócesis de Valencia se está preparando una peregrinación para asistir a la canonización de los Mártires prevista para el 20 de octubre. También, se realizará en la catedral de Valencia una Misa de Acción de Gracias, presidida por el arzobispo, monseñor Enrique Benavent, quien visitará, poco después, Real de Gandía y Alpuente, lugar de nacimiento de fray Carmelo Bolta y fray Francisco Pinazo, respectivamente.