I Reflexión franciscana
A lo largo de 2024 vamos a publicar 12 reflexiones —una por mes— elaboradas por franciscanos italianos con motivo del 800 aniversario de la impresión de las llagas de San Francisco
Francisco, cuerpo “gastado” por el Evangelio, y “dedicado” a la contemplación (LM 13,1)
Era costumbre en el angélico varón Francisco no cesar nunca en la práctica del bien, antes, por el contrario, a semejanza de los espíritus celestiales en la escala de Jacob, o subía hacia Dios o descendía hasta el prójimo (Gen 28,12). En efecto, había aprendido a distribuir tan prudentemente el tiempo puesto a su disposición para merecer, que parte de él lo empleaba en trabajosas ganancias en favor del prójimo y la otra parte la dedicaba a las tranquilas elevaciones de la contemplación. Por eso, después de haberse empeñado en procurar la salvación de los demás según lo exigían las circunstancias de lugares y tiempos, abandonando el bullicio de las turbas, se dirigía a lo más recóndito de la soledad, a un sitio apacible, donde, entregado más libremente al Señor, pudiera sacudir el polvo que tal vez se le hubiera pegado en el trato con los hombres.
Así, dos años antes de entregar su espíritu a Dios y tras haber sobrellevado tantos trabajos y fatigas, fue conducido, bajo la guía de la divina Providencia, a un monte elevado y solitario llamado Alverna. Allí dio comienzo a la cuaresma de ayuno que solía practicar en honor del arcángel San Miguel, y de pronto se sintió recreado más abundantemente que de ordinario con la dulzura de la divina contemplación; e, inflamado en deseos más ardientes del cielo, comenzó a experimentar en sí un mayor cúmulo de dones y gracias divinas. Se elevaba a lo alto no como curioso escudriñador de la majestad divina para ser oprimido por su gloria (Prov 25,27), sino como siervo fiel y prudente, que investiga el beneplácito divino, al que deseaba vivamente conformarse en todo.
Comentario: Francisco no improvisa su subida al santo monte de La Verna. El encuentro significativo con el Serafín lo prepara el Asisiense con la inserción de su cuerpo en las dinámicas transformantes de la oración y del anuncio del Evangelio. Buenaventura lo presenta como un hombre “gastado” por el Evangelio y “dedicado” a la contemplación. Para describir la primera acción, el hagiógrafo emplea el verbo impendo, que asume los significados de “gastar, sacrificar”: en el anuncio del Evangelio Francisco se aplica con sacrificio, con dedicación, gastándose con generosidad. Para describir, en cambio, la segunda acción, usa el verbo dedico, que asume el significado primario de “consagrar”: Francisco daba a la oración, a la contemplación, al íntimo diálogo con Cristo las primicias de su vida, que era esencialmente una vida consagrada a Él. Francisco nos muestra la vida nueva, la vida pascual, a través de un cuerpo visiblemente desequilibrado e involucrado en la evangelización y en la contemplación, según el estilo del “siervo fiel y prudente”.
A la escucha de la Sagrada Escritura (2Co 4,5-12)
Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús. Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo. Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en nosotros.
Comentario: La vasija de arcilla. En la segunda carta a los Corintios, Pablo debe defenderse de diversas acusaciones. Su presencia es débil (2Co 10,10); no es un gran orador (2Co 11,6);
es acusado incluso de haberse aprovechado de los Corintios por una ventaja económica (2Co 12,14-18). Ante estas acusaciones, Pablo es bien consciente de su debilidad y fragilidad como apóstol. En concreto, su cuerpo es signo de la debilidad apostólica: atribulado, apurado, perseguido y derribado; llevado a la muerte. Su persona -cuerpo, capacidad, personalidad- es poca cosa: una vasija de barro de poco valor y despreciable. Sin embargo, Pable sabe bien y recuerda a los Corintios que aquella vasija humilde lleva en sí el tesoro más grande de todos: la potencia, la gracia y la vida de Dios. Es el Evangelio de la gracia que se comunica a través de la pobreza del apóstol. El apóstol se entrega a la muerte en la fragilidad de su ministerio, para que los creyentes puedan tener vida a través de su testimonio.
A la escucha de los Padres de la Iglesia:
«Sea la grandeza de los dones sea la debilidad de aquellos que los reciben demuestran la fuerza de Dios, no solo porque da grandes cosas, sino porque las da a los pobres y a los abyectos. Ha dicho “arcilla” para indicar la fragilidad de la naturaleza humana y hacer visible la fragilidad de nuestra carne, que, por lo tanto, no es mejor que una vasija de arcilla. Por esto se expone a los malestares y fácilmente se deshace por la muerte, las enfermedades, las intemperies del cielo y otros innumerables males» (San Crisóstomo, Hom. 2Cp 8,23).
«Diciendo vasijas de barro, indica la debilidad de la naturaleza humana, que nada puede si no recibe capacidad de Dios» (Ambrosiaster, Com 2Co 81,2, 223).
Comentario: Extraído de la única obra que nos ha llegado de este autor del siglo IV y de ambiente romano, el Commentarius in epistulas Paulinas, el breve pasaje pone el acento en la lectura alegórica de las “vasijas de barro”, símbolo de la caducidad humana, limitada pero digna de “contener” a Dios y su fuerza, el tesoro del cual habla Pablo.