II Reflexión franciscana
Publicamos la reflexión del mes de febrero, elaborada por franciscanos italianos con motivo del 800 aniversario de la impresión de las llagas de San Francisco
Francisco, cuerpo “escrito” por el Evangelio (LM 13,2)
Conoció por divina inspiración que, abriendo el libro de los santos Evangelios, le manifestaría Cristo lo que fuera más acepto a Dios en su persona y en todas sus cosas. Después de una prolongada y fervorosa oración, hizo que su compañero, varón devoto y santo, tomara del altar el libro sagrado de los evangelios y lo abriera tres veces en nombre de la santa Trinidad. Y como en la triple apertura apareciera siempre la pasión del Señor, comprendió el varón lleno de Dios que como había imitado a Cristo en las acciones de su vida, así también debía configurarse con Él en las aflicciones y dolores de la pasión antes de pasar de este mundo.
Y aunque, por las muchas austeridades de su vida anterior y por haber llevado continuamente la cruz del Señor, estaba ya muy debilitado en su cuerpo, no se intimidó en absoluto, sino que se sintió aún más fuertemente animado para sufrir el martirio. En efecto, en tal grado había prendido en él el incendio incontenible de amor hacia el buen Jesús hasta convertirse en una gran llamarada de fuego, que las aguas torrenciales no serían capaces de extinguir su caridad tan apasionada (Ct 8,6-7).
Comentario: La vida asume un dinamismo ascensional en la medida en la cual se deja encontrar por la palabra del Evangelio. El cuerpo vive sus Pascuas solo si se deja marcar por el Evangelio. Este impacto transformante confiere a nuestra vida el empuje hacia lo alto. Llegando al monte de La Verna, Francisco se encuentra en una intersección fundamental de su itinerario humano y espiritual y advierte necesario todavía una vez el enganche al Evangelio. Él, a aquella cuaresma de san Miguel llega como hombre probado, herido, descartado y marginado por sus mismos hermanos, sin embargo, en lugar de buscar las palabras de la recriminación, de la acusación, de la desilusión, busca las palabras del Evangelio; en lugar de desencadenar mecanismos de “fuga” de aquella realidad de prueba, se pone a la escucha de una Palabra que lo ayude a “permanecer” en la voluntad de Dios. Llevado al retiro por la divina Providencia, Francisco recibe por tres veces la palabra de la Pasión.
Lo que nos permite permanecer hasta las más extremas consecuencias en adhesión a la llamada es el impacto con la palabra de la Cruz. Cuando la realidad se hace dura, cuando la decepción se desparrama en nuestro corazón, cuando los hermanos asumen los lineamentos de los enemigos, nuestro cuerpo se debe dejar “escribir” por las palabras de la Pasión de Cristo, por el amor pascual, por el amor crucificado, por el amor que toma la forma y el estilo de la cruz.
A la escucha de la Sagrada Escritura (2Co 3,1-6)
¿Empezamos otra vez a recomendarnos?, ¿o será que, como algunos, necesitamos presentaros o pediros cartas de recomendación? Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todo el mundo. Es evidente que sois carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de corazones de carne. Pero esta confianza la tenemos ante Dios por Cristo; no es que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos nada como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de una alianza nueva: no de la letra, sino del Espíritu; pues la letra mata, mientras que el Espíritu da la vida.
Comentario: Carta escrita por el Espíritu. Ante las acusaciones que se mueven en Corinto (ver el comentario a 2Co 4,5-12 del mes de enero), Pablo tiene la tentación de defenderse justificando sus acciones y sus comportamientos. Pero, en realidad, Pablo sabe que los hechos son los que demuestran su rectitud, es decir, la vida y la fe que han florecido entre los Corintios por medio del Evangelio sembrado por obra del mismo Pablo. Los mismos Corintios son una carta de recomendación para Pablo, una carta que habla en su favor y que demuestra su rectitud y su total dedicación al ministerio apostólico. La vida de los Corintios, dedicada a Cristo y plasmada por la acción del Espíritu Santo, es un testimonio evidente a todos y de la cual en algún otro lugar Pablo ya ha alardeado (cf. 2Co 9,2).
Su vida cristiana demuestra que Pablo no ha trabajado para sí sino por Cristo, animado por el Espíritu y en presencia de Dios Padre.
A la escucha de los Padres de la Iglesia:
«Como la pluma es un instrumento adecuado para escribir, si la mueve una mano hábil en el formar los caracteres de la escritura, así también la lengua del justo, si es movida por el Espíritu Santo, escribe palabras de vida eterna en el corazón de los creyentes. Ella será sumergida no en la tinta, sino en el Espíritu del Dios vivo.
Escribano es, pues, el Espíritu Santo porque es sapiente, capaz de enseñar a todos, y veloz en el escribir, porque veloz es el movimiento de su pensamiento. El Espíritu escribe en nosotros los pensamientos no en tablas de piedra, sino en las tablas de corazones de carne (2Co 3,3). Según la mayor o menor capacidad del corazón, el Espíritu escribe en los corazones pensamientos más o menos numerosos, inteligibles a todos, o más oscuros según el grado de pureza al que hayamos llegado. Por la velocidad de aquellos que escriben, toda la tierra ya está llena del Evangelio». (San Basilio, Homilía sobre el Salmo 44, 7)
Comentario: El primero de los Padres Capadocios, que vivieron en el siglo IV y a los cuales debemos la primera sistematización de la doctrina trinitaria, Basilio se dedica también a la exégesis bíblica.
Si en su Sobre el Hexamerón, recopilación de nuevas homilías sobre Gen 1, se mantiene firme en un rígido literalismo, en las Homilías sobre los Salmos, predicadas en tiempos y lugares diversos, no deja de alegorizar, como en el pasaje propuesto arriba.
Ahí emerge claramente la clave pneumatológica, muy estimada para el capadocio, por expresar con claridad qué es lo que el Espíritu escribe en la “carta” que es el corazón humano: en esencia ¡el Evangelio!
