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La Paz. Palabra de la Sagrada Escritura y del presente de las guerras

febrero 12, 2024

Vida armoniosa y concordia entre los pueblos

En el discurso del Papa Francisco al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede ha dicho que se inicia “un año para el que quisiéramos paz y que, sin embargo, comienza bajo el signo de conflictos y divisiones”. Es un hecho, sin embargo, que la paz está amenazada por múltiples conflictos y enfrentamientos, “en un momento histórico en el cual está cada vez más amenazada, debilitada y en parte perdida”. Está activa una “tercera guerra mundial a pedazos”, por episodios que forman parte de un verdadero conflicto global” en distintas partes de la tierra.
En la Sagrada Escritura la palabra paz indica no sólo la vida armoniosa y de concordia con los demás, que nos da la palabra griega –eirênê – para indicar la garantía de la vida; esto se concreta en la integridad permanente de una persona o de un grupo o tribu, la prosperidad espiritual y material, lo que podemos definir como la felicidad. La palabra shalôm ―paz― sirve como saludo, como despedida, por ejemplo, cuando la usa Jesús al despedir a la mujer pecadora perdonada de Lc 7, 36-50 al decirle “tu fe te ha salvado. Vete en paz”; o en Jn 20,19 saludando a los discípulos llenos de miedo, “paz a vosotros”; o Pablo en Rom 15,33 al saludar como despedida utiliza esta fórmula: “El Dios de la paz esté con todos vosotros”; parece indicarnos que si lo que crea la guerra es el pecado, en sus múltiples variedades, y va contra Dios, sólo “el Dios de la paz” puede darnos la verdadera paz , puede acabar con la guerra, porque sólo Él puede librarnos del pecado, como lo ha hecho en su Hijo, príncipe de la paz, ya que “Él es nuestra paz” (Ef 2,14). Hay que destacar que san Pablo la pone al lado de la palabra “gracia” (1Tes 1,1; Ef 1,2).
Podemos dar con estos breves datos, en efecto, una pista para pensar y comprender el alcance de la paz: es un don de Dios (Is 26,12), que nos concede al caminar según la alianza, porque resume las bendiciones con las que Dios colma a sus fieles. También tienen un sentido político, la paz entre Israel y los amorreos (1Sam 7,14) cuando habla de la paz estable que gozaba Salomón en todos sus confines (1Re 5,4), e incluso cuando se deben respetar las reglas que podemos deducir de Dt 20,10-14 al hablar de las aguas de Meribah, las aguas de la querella contra Yhwh y Él manifestó su santidad. La paz es fruto de la justicia.
La paz es, pues, el bien por excelencia, no enseñan los libros sapienciales (Sal 131,2 con la idea del niño que está en brazos de su madre con paz plena) que muchas veces no se consigue en este mundo, pero se anuncia para los justos en las manos de Dios. Los profetas incluyen la paz en la esperanza mesiánica que los anima (Is 57,19) e Isaías indica que cuando el Espíritu de lo alto venga sobre nosotros, la “obra de la justicia será la paz”, porque el Mesías es el “príncipe de la paz” (Is 9,6; 17,3) que la trae y acaba con la guerra (Zac 9,9-10). Es lo que realiza Jesús al traer la paz al mundo: “os dejo paz, os doy mi paz” y la encarna en su persona: “Él es nuestra paz” (Jn 14,27; Ef 2,14). Los que defiendan y practiquen la justicia son los “pacíficos que construyen la paz”, los pacificadores que en la carta de Sant 3,18 cultivan los frutos de la justicia, que se siembra con la paz, los que hacen obra de paz. Los que siembran con espíritu de paz, son los maestros pacificadores que recogen el fruto de la paz, la justicia.
¿Qué nos queda por hacer en favor de la paz? En nuestra cultura ”espumosa” convendría volver a insistir en la “metánoia” (cambio de mente y conversión de facto) que requiere la bienaventuranza: “bienaventurados los que crean la paz”, los “hacedores de paz”, en su sentido más literal; esos son los que no se proponen “la polarización”(tan frecuente en la actualidad) como objetivo, que disgrega a las personas y desune las comunidades; si se “levantan muros”, se promueve la abstención de las personas en los asuntos sociales, porque la mera participación al votar no garantiza la real participación en las decisiones, ya que las alianzas posteriores pueden manipular lo que se expresa con la “soberanía popular”; esa forma de “anti-política” es contraria a la paz, no promueve la paz conforme al designio divino, al proyecto de harmonía que es la creación de todas las cosas, buenas en todas sus partes. Si la acción política no se ilumina con la rectitud, con la búsqueda del bien común, se manifiesta la violencia en las relaciones interpersonales (Gén 4, 1-16) y sociales, cuyo resultado es el siguiente: donde hay violencia no puede estar Dios (1Cró 22,8-9).
La acción promotora de la paz no puede separarse, en nuestra visión cristiana y según la Palabra de Dios, del anuncio del Evangelio: la buena noticia de la paz (Hch 10,36) dirigida a todo ser humano. En el centro del “Evangelio de paz” se encuentra la cruz, el signo que lo que Cristo asume y soporta para “traernos la paz, sus heridas nos han curado” (Is 53,5) porque ha anulado la división, ha instaurado la paz (o la felicidad, podríamos decir) y la reconciliación, eliminando la enemistad en sí mismo (Ef 2,16). El orden racional y moral de la sociedad tiene su fundamento en Dios mismo, bien supremo, y en la recta comprensión de la persona humana según la justicia y la caridad. Parece una meta imposible, pero es el reto que Dios pone ante nosotros, porque la paz “se construye día a día en la búsqueda del orden querido por Dios”. Ahí está el valor superior que es la meta a conseguir.

R. Sanz Valdivieso, OFM / www.familiafranciscana.com