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El beato lorquino Pedro Soler

AUTOR: Ricardo Martínez Sánchez. Técnico del Archivo y Biblioteca Franciscana de Fondos Antiguos de Murcia.  

Pedro Nolasco Prudencio Soler Menéndez, nace en Lorca en 1827, en el seno de una familia numerosa. Su educación la inicia en la Escuela Caritativa de San Diego, en el convento de Nuestra Señora de los Desamparados (Lorca), perteneciente a los franciscanos descalzos. Era habitual que los niños de familias pobres acudieran a estos centros de primeras letras donde se les proporcionaba alimento y ropa desde los cinco hasta los doce años. Pedro acudiría tres cursos completos (1832-1835). La ley de exclaustración de 1835 truncaría sus intenciones de continuar sus estudios religiosos, por lo que continuaría con su formación en la escuela pública hasta los doce años, momento en el cual pasa a servir como criado del canónigo de la Colegiata de San Patricio, Domingo Martínez Carcelero, en 1841. Se desconoce el tiempo que estuvo en este servicio, puesto que, en 1847, con 20 años, fue llamado al servicio militar, junto a su hermano y 70 jóvenes lorquinos y en dicho pasaporte aparece referenciada su ocupación como “jornalero”, al igual que lo era su padre Ramón y su hermano Antonio. Finalmente, los hermanos lograrían la exención. 

La necesidad de aportar ingresos a su familia, lleva a Pedro Soler a continuar su periplo laboral y llegará a Villaricos para trabajar en la metalurgia, concretamente en la fundición “La Carmelitana”. Allí permanecerá hasta 1853. En este lugar, los que le conocieron resaltan sus muchas cualidades piadosas y cercanía con las personas, ejerciendo una especie de apostolado en cada reunión. El espíritu de austeridad y fe en la providencia, herencia de su paso por el aura de la descalcez franciscana, fueron siempre características muy marcadas en Pedro. Tanto es así que algunos compañeros de trabajo le apodaban “el santo”. Durante estos años fue ocupando diferentes puestos y escalando en el organigrama de la empresa dadas sus muchas cualidades y reputación, incluso es contratado para otros cargos.  

Todo su recorrido vital cimienta su vocación, y especialmente una de las personas que más le influyó es el Padre Sandoval, con quien comparte muchos momentos en su larga estancia en Villaricos y quien sería su maestro, incluso a su regreso. En 1853 el padre Sandoval le comunica la reapertura del convento alcantarino de San Miguel de las Victorias, en Priego (Cuenca), con una intención de nutrirlo de jóvenes que fueran de misión a Tierra Santa, creando el Colegio de Misioneros de Priego. Una forma de mantener los derechos españoles y cristianos de los Santos Lugares, junto con el deseo de restaurar la Orden franciscana en España (1836-1856). Durante todos esos años, nuestro próximo santo fue dirigido intelectualmente por Sandoval, quien le enseñaría todas las materias de las humanidades y teología que necesitaría para ingresar en el Seminario de Priego, vestir la librea franciscana y ordenarse sacerdote. 

Cumplido todo el período formativo, por fin se les brinda la oportunidad formar parte de la primera expedición de misioneros que marchan a Tierra Santa; posteriormente conocida como La Misión Mártir. En otoño de 1858 comienzan sus preparativos, entre otras cuestiones afianzan sus estudios de árabe. El 12 de enero la expedición viaja a Valencia y allí se concentran a la espera de poder poner rumbo a Tierra Santa. El 25 de enero de 1859, tras haber hecho todos los preparativos oportunos, Pedro Soler junto a otros trece compañeros, embarcan en el vapor Barcino, que les conducirá en una travesía de cabotaje por el Mediterráneo de veinticinco días, destino a Palestina. 

Por fin llegan a Jaffa el 19 de febrero y el día 21 parten de inmediato a Jerusalén, donde permanecen largo tiempo, en lo que se conoce como la Custodia de Tierra Santa.  Durante la Pascua de ese año, son enviados a continuar sus estudios y ofrecer sus servicios al convento-colegio franciscano español de San Pablo en Damasco.

La convulsión histórica de la Sublime Puerta, con la Paz de París (1856), tras la Guerra de Crimea, es lo que gestará la llama revolucionaria que detonaría en Damasco el 9 de Julio de 1860. El pueblo, de mayoría musulmana, persiguió e intentó acabar en un día son todo lo que creyeron contrario a sus creencias, lo que provocó el martirio de ocho franciscanos, entre los que se encontraba Pedro Soler y un número impreciso de ciudadanos cristianos, además de la destrucción sistemática de conventos, iglesias y barrios anejos.  

Durante esa jornada, previendo la deriva sangrienta, el Emir Abd-el-Kader, propuso a todos religiosos cristianos de Damasco, que buscasen cobijo en sus dependencias palaciegas, afortunadamente para ellos, muchos aceptaron, pero los franciscanos, recién llegados, rehusaron y prefirieron no abandonar a su comunidad cristiana, permaneciendo en su Convento. Los franciscanos que se quedaron atrás escondieron a sus alumnos y familias cuanto pudieron, pero la turba enloquecida lo iba arrasando todo a su paso, hasta que llegaron al convento; nadie que no lograra esconderse sobrevivió a tal empuje sangriento. 

El último en soportar el martirio fue nuestro beato lorquino, quien viendo a los turcos drusos reducir todo a cenizas, decide refugiarse en el colegio llevándose a algunos niños, los cuales sobrevivieron y fueron testigos de lo ocurrido. Un pequeño grupo de drusos de la turba, dio con el escondite del Padre y los niños, quien acabó de ocultarlos para que no les atrapasen. Tras burlas y empujones el Padre Soler, sabedor de su fatal destino, se colocó de rodillas haciendo la señal de la cruz, ofreciendo su vida a Dios, inclinó el cuello a sus verdugos, y según el niño José, le propinó un golpe con su cimitarra que hizo que cayera de bruces al suelo, donde, según el otro niño, Antonio, se le terminó de vejar el cuerpo casi sin vida, hasta cortarle la cabeza y ser mostrada con orgullo al resto de asesinos. 

El día después de la trágica jornada y con el ambiente más calmado, el maronita Francisco Nadin, recogió los cuerpos sin vida de los franciscanos y el resto de víctimas que había en el convento y los escondió en la antigua cisterna de éste. El Padre Valentín también acudió al lugar en los días siguientes, quien recuperaría algunas de las pertenencias y objetos. El Padre Soler, junto con el resto de sus 7 compañeros mártires, fueron extraídos de sus sepulturas-escondite el 22 de noviembre de 1861. En 1864 se reconstruyeron la iglesia y el convento y los restos mortales de los ocho mártires fueron colocados al pie del altar, entrando por la puerta principal.  

La primera petición de beatificación se hizo en Damasco en 1872.

Peregrinaciones programadas

Con este motivo de la canonización de los Mártires de Damasco el próximo 20 de octubre, la Comisaría de Tierra Santa de la provincia de la Inmaculada Concepción ha organizado dos peregrinaciones: La primera saldrá el día 17 de octubre para visitar en primer lugar los santuarios franciscanos en Asís y después viajaremos a Roma el 18 de octubreel 19 de octubre tendrá lugar la Eucaristía con los peregrinos y el día 20 de octubre será la Canonizaciónde los Mártires de Damasco, por la tarde volveremos a España. 

La segunda peregrinación saldrá el 18 de octubre, viajaremos a Asís, visitaremos los santuarios franciscanos y el 19 viajaremos a Roma donde celebraremos la Eucaristía con los peregrinos, el 20 de octubre será la Canonización por la mañana y el 21 de octubre la Eucaristía de Acción de Gracias por la Canonización de los Mártires franciscanos.

¡Estáis a tiempo de apuntaros, todavía quedan plazas!