Francisco, cuerpo“transparencia” de Cristo (LM 13, 8-9)
Por más diligencia que ponía el Santo en tener oculto el tesoro encontrado en el campo (Mt 13,44), no pudo evitar que algunos llegaran a ver las llagas de sus manos y pies, no obstante llevar casi siempre cubiertas las manos y andar desde entonces con los pies calzados. Muchos hermanos vieron las llagas durante la vida del Santo; y aunque por su santidad relevante eran dignos de todo crédito, sin embargo, para eliminar toda posible duda, afirmaron bajo juramento, con las manos puestas sobre los evangelios, ser verdad que las habían visto. Las vieron también algunos cardenales que gozaban de especial intimidad con el Santo, los cuales, consignando con toda veracidad el hecho, enaltecieron dichas sagradas llagas en prosa, en himnos y antífonas que compusieron en honor del siervo de Dios, y tanto de palabra como por escrito dieron testimonio de la verdad.
Asimismo, el sumo pontífice señor Alejandro, una vez que predicaba al pueblo en presencia de muchos hermanos – entre ellos me encontraba yo-, afirmó haber visto con sus propios ojos las sagradas llagas mientras vivía aún el Santo. Las vieron, con ocasión de su muerte, más de cincuenta hermanos, y la virgen devotísima de Dios Clara, junto con sus hermanas de comunidad y un grupo incontable de seglares, muchos de los cuales -como se dirá en su lugar-,movidos por la devoción y el afecto, llegaron a besar y tocar con sus propias manos las llagas para confirmación testimonial. En cuanto a la llaga del costado, la ocultó tan sigilosamente el Santo, que nadie pudo verla mientras él vivió, si no era de manera furtiva. Así sucedió cuando un hermano que solía atenderle con gran solicitud le indujo con piadosa cautela a quitarse la túnica para sacudirla; entonces miró atentamente y le vio la llaga, incluso llegó a tocarla aplicando rápidamente tres dedos. De este modo pudo percibir no sólo con el tacto, sino también con la vista, la magnitud de la herida. Valiéndose de parecida estratagema, la vio también aquel hermano que a la sazón era su vicario. En otra ocasión, uno de los compañeros del Santo, hombre de extraordinaria simplicidad, al frotarle, por causa de la enfermedad, la espalda dolorida, extendió la mano por debajo de la capucha, y casualmente la deslizó hasta la sagrada llaga, produciéndole un intenso dolor. A raíz de esto llevó unos calzones que le llegaban hasta el arranque de los brazos, para cubrir así la llaga del costado. Asimismo, los hermanos que lavaban la ropa del Santo o sacudían a su tiempo la túnica porque las encontraban con algunas manchas de sangre, llegaron a conocer palpablemente por
estos signos evidentes la existencia de la sagrada llaga, que después, al ser amortajado el cadáver del Santo, contemplaron y veneraron.
¡Ea, pues, valerosísimo caballero de Cristo, empuña las armas del muy invicto capitán! Defendido con ellas de modo tan insigne, vencerás a todos los adversarios.
¡Enarbola el estandarte del Rey altísimo, a cuya vista cobren valor loscombatientes todos del ejército divino!
¡Ostenta el sello del sumo pontífice Cristo, con el que todos reconozcan como irreprensibles y auténticas tus palabras y tus hechos! Por las marcas del Señor Jesús que llevas en tu cuerpo, nadie debe serte molesto (Gál 6,17),antes bien todo siervo de Cristo está obligado a profesarte singular afecto y devoción. Estas señales evidentísimas, que han sido comprobadas no justamente por dos o tres testigos (Dt 19,15), sino superabundantemente por muchísimos, hacen que las manifestaciones de Dios en ti y por ti sean tan dignas de crédito, que quitan a los incrédulos la más leve excusa, mientras los creyentes se afianzan en la fe, se elevan con una fundada esperanza y se inflaman en el fuego de la caridad.
Comentario: La perícopa está atravesada por la repetición diez veces de los verbos ver, observar, mirar, contemplar. La sucesión de los testimonios que han podido ver, más o menos furtivamente, los estigmas de Francisco evoca el elenco de testimonios del Resucitado contenido en Mc 16, 9-14. ¡Quien ve a Francisco herido ve algo del Resucitado! Aquellos signos son transparencia de la resurrección, brechas a través de las cuales la luz de la mañana de Pascua se reverbera sobre los demás. Francisco se ofrece de nuevo a la vida de la fraternidad, al hombre, al mundo, como hombre transformado en transparencia, incontrabilidad, del Resucitado. Esta evidencia de la Pascua está bien expresada por Buenaventura con las palabras: «no pudo evitar que algunos llegaran a ver las llagas de sus manos y pies». El hermano menor es un hombre que ofrece brechas para que,a través de su cuerpo, la resurrección pueda entrar en la historia. Son lasbrechas de la misericordia y del perdón, del cuidado y de la ternura. En el llano siempre hay un hermano que sostener, que perdonar, que escuchar; se encuentra la vida de una fraternidad siempre por construir, por preferir; se encuentra la oscuridad de una historia que anhela la luz; se encuentran las heridas y las contradicciones de una humanidad plagada y sufriente. Allí queremos dejarnos conducir por Francisco, cuerpo transparencia de Cristo.
A la escucha de la Sagrada Escritura
Jn 19,31-37
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz en sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado por él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el estado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».
Comentario: Mirarán al que traspasaron. Para el Evangelio de Juan, Jesús es el cordero pascual que renueva la liberación del Éxodo. Juan hace coincidir la crucifixión de Jesús con «la Parasceve de la Pascua, hacia mediodía» (Jn 19,14), la hora de la inmolación de los corderos. Cita explícitamente lasprescripciones rituales para el cordero:
«no le quebrarán ningún hueso» (Jn 19,36; Ex 12,46). La sangre se su costado recuerda la aspersión de las jambas de las casas con la sangre del cordero pascual (Ex 12,7). Los versículos 35-37, con su digresión sobre la visión, el testimonio y la Escritura, son como una firme imagen. La escena queda suspendida ante la sangre y agua que manan del costado de Jesús, que parece estar fuera del tiempo como una fuerte inagotable. Es justamente la herida del costado de Jesús, transformada en fuente de gracia y salvación, la que atrae la mirada de los soldados y, a través de ellos, la nuestra. Permanezcamos mirando con la mirada fija en la contemplación del don total de Jesús. Así se cumple la promesa hecha por el mismo Jesús: «Cuando sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32)
A la escucha de los Padres de la Iglesia
«En su ira mataron hombres y en su pasión mutilaron un toro (Gen 49.6). Esto dice de la conspiración que prepararon contra el Señor […]. Por el toro se refiere a Cristo a quien mutilaron, ya que, cuando fuesuspendido en el árbol, le perforaron los tendones. […] En efecto, mataron a los santos y quedan muertos, esperando el tiempo de la resurrección. Pero, como un toro joven, por así decirlo, mutilado y arrojado al suelo, así Cristo se sometió voluntariamente a la muerte dela carne. Pero é no ha sido conquistado por la muerte. Aunque él, como hombre, se convirtió en uno de los muertos, permaneció vivo en la naturaleza de la divinidad. Cristo es el toro, un animal fuerte y elegante y objeto de devoción para uso sagrado. Así el Hijo es Señor de todo poder, que no pecó sino que se ofreció a sí mismo para nosotros, saborde un dulce olor ofrecido a Dios, su Padre». (Hip., P. Gen 49,6)
Comentario: Primer autor que, en ámbito católico haya producido una literatura exegética específica, Hipólito nos deja, en el Comentario a las bendiciones de Isaac, Jacob y Moisés, un ejemplo de su exégesis, ya sea literalo alegórica, sin demasiada armonía entre las dos. En concreto, toda la interpretación insiste en la contraposición entre las dos llamadas, la de Israel y la de los cristianos, el nuevo pueblo elegido, evidente también en el escritoaquí propuesto, en el cual el toro es la alegoría de Cristo, potente y objeto de sacrificio perfumado.
