Francisco, cuerpo “atravesado” por la compasión (LM 13,3)
Elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado por su tierna compasión en Aquel que a causa de su extremada caridad, quiso ser crucificado: cierta mañana de un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte, vio bajar de lo más alto del cielo a un serafín que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se encontraba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Apareció entonces entre las alas la efigie de un hombre crucificado, cuyas manos y pies estaban extendidos a modo de cruz y clavados a ella. Dos alas se alzaban sobre la cabeza, dos se extendían para volar y las otras dos restantes cubrían todo su cuerpo.
Ante tal aparición quedó lleno de estupor el Santo y experimentó en su corazón un gozo mezclado de dolor. Se alegraba, en efecto, con aquella graciosa mirada con que se veía contemplado por Cristo bajo la imagen de un serafín; pero, al mismo tiempo, el verlo clavado a la cruz era como una espada de dolor compasivo que atravesaba su alma.
Estaba sumamente admirado ante una visión tan misteriosa, sabiendo que el dolor de la pasión de ningún modo podía avenirse con la dicha inmortal de un serafín. Por fin, el Señor le dio a entender que aquella visión le había sido presentada así por la divina Providencia para que el amigo de Cristo supiera de antemano que había de ser transformado totalmente en la imagen de Cristo crucificado no por el martirio de la carne, sino por el incendio de su espíritu.
Comentario: Donde llega la palabra de la Cruz allí se extiende la compasión. En la pequeña iglesia de San Damián, en los albores de su conversión, en oración ante la célebre imagen del Crucifijo, Francisco sintió imprimirse con trazos profundísimos la «compasión por el Crucifijo» (2Cel 6), un sentimiento nuevo y desconcertante, la compasión en aquel que hasta entonces había vivido únicamente la lógica malsana de la apropiación. A La Verna llega este hombre con el «corazón llagado y derretido de amor ante el recuerdo de la pasión del Señor Jesús» (TC 5,14), en el sentirse destinatario de un amor tan grande e inmerecido. Pero en el Monte santo este amor da baldazo hacia adelante, adquiere una radicalidad y una profundidad inimaginables, se transforma en la «compasión del Crucifijo». ¿Se puede continuar amando cuando el cuerpo está atravesado por el dolor, cuando la luz de los ojos lentamente se va desvaneciendo? ¿Se puede continuar amando cuando no se es amado, cuando se es rechazado, dejado solo? ¿Se puede continuar amando cuando los hijos y los hermanos no te reconocen ya, no te estiman, ti consideran inútil? ¡Sí, es posible! La compasión del Crucifijo, el amor que lleva los signos de la Pascua, el amor que se deja herir por el dolor del otro, el amor incómodo que dilata las vísceras para albergar el mal de los demás, hace posible aquello que, de otro modo, sería humanamente imposible: dar al hombre un rostro pascual y a su cuerpo semblanzas pascuales.
A la escucha de la Sagrada Escritura (Fil 3, 3-14)
«Los circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu De Dios y ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Aunque también yo tendría motivos para confiar en ella. Y si alguno piensa que puede hacerlo, yo mucho. más:n circuncidado a los ocho días, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos; en cuento a la ley, fariseo; en cuento a celo, perseguidor de la Iglesia en cuanto a la justicia de la ley, irreprochable. Sin embargo, todo eso que para mi era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún; todo lo considero pérdida comparado con la excelencia de conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y se hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene De Dios y se apoya en la fe. Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos. No es que ta lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo. Veranos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús».
Comentario: La excelencia del conocimiento de Cristo Jesús. Estas palabras inspiradas de Pablo, son probablemente el eco místico de su primera experiencia personal de Cristo en el camino de Damasco. Tras haber transcurrido una juventud recta y sincera al servicio de Dios, tal y como lo había conocido en su formación religiosa, en el celo y en la justicia, hace un encuentro que cambia de manera radical sus parámetros de juicio. Lo que era una ganancia se convierte en pérdida, lo que era prioritario se convierte en secundario. Es más, todo se convierte en secundario respecto al primado absoluto y totalizante del conocimiento de Cristo. Pablo se dio cuenta enseguida que este encuentro acontece en una lógica pascual de conformación a la muerte de Jesús, comunión con sus sufrimientos, para poder experimentar su resurrección aquí y ahora y en la esperanza de la resurrección final. La óptica escatológica de esta transformación pascual permite a Pablo darse cuenta de ser viator, peregrino en el camino hasta la meta. Sin embargo, también solo como meta, el conocimiento de Cristo absorbe cada deseo, empeño y esperanza suyos.
A la escucha de los Padres de la Iglesia
«Conocer la fuerza de su resurrección quiere decir conocer a través de la fe que Él es Dios creador de todo, ha asumido nuestra naturaleza, ha cumplido nuestra salvación, ha resucitado en el cuerpo que ha asumido, mientras ha concebido la común salvación de toda la humanidad. Conocer la fuerza de su resurrección quiere decir conocer la finalidad de su resurrección ». (Teodoro de Mopsuestia, Comentario a la Carta a los Filipenses 3,9-10)
Comentario: Nacido en torno a la mitad del siglo IV en Antioquía, implicado también él en la controversia cristológica después llamada “nestoriana”, que lo declaró precursor del principal antioqueno, Teodoro de Mopsuestia fue condenado en el 553, por lo tanto, muchos de sus escritos se perdieron, pero algunos nos han llegado hasta hoy. Fino exegeta, produjo una vasta gama de comentarios sobre el Antiguo Testamento y Nuevo Testamento, entre los cuales el Comentario a las Cartas de Pablo del cual hemos sacado el fragmento propuesto. Para él, el cristianismo se caracteriza, respecto al politeísmo pagano y al rígido monoteísmo judío, por el conocimiento de Dios como Trinidad, presente y en acción desde la creación del mundo como también en la resurrección del cuerpo asumido por Jesús de modo que tal privilegio se extendiese después también en los creyentes en Él.
