“Marchad, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la tierra, anunciando a los hombres la paz y la penitencia para remisión de los pecados (…) Y ellos, inundados de gozo y alegría, se postraban en tierra ante Francisco en actitud de súplica, mientras recibían el mandato de la santa obediencia. Y Francisco los abrazaba, y con dulzura y devoción decía a cada uno de ellos: «Pon tu confianza en el Señor, que Él te sostendrá»” (1 Cel 29). Estas palabras las pronunciaba San Francisco en Nuestra Señora de los Ángeles, la Porciúncula en Asís, en el año 1217 cuando enviaba a sus hermanos a pregonar el Evangelio por todo el mundo, como apóstoles para la salvación de las almas.
Llegada a Tierra Santa
La Tierra que había visto y escuchado al Señor por primera vez, poco a poco comenzaba a marchitarse azotada por las guerras e invasiones de otras confesiones; hasta que, mil doscientos años después serían los pobrecillos de Asís quienes al regresar harían resonar las palabras que un día pronunció el Salvador y sanar con sus manos las piedras en ruinas que encontraban a su paso. Ese mismo año, en 1217, llegaron los franciscanos a Tierra Santa dirigidos por fray Elías de Cortona, dando origen a la Provincia llamada de Siria o Ultramarina: Constantinopla, Islas Griegas, Asia Menor, Antioquia, Siria, Palestina, Chipre y Egipto. Dos años más tarde, en 1219, sería San Francisco quien visitara la Provincia de Tierra Santa para “tocar” aquellos lugares que, hasta hoy, constituyen un testimonio insustituible de la revelación de Dios y de su amor por el hombre. En su peregrinación, el pobre de Asís tuvo un encuentro en Damieta con el sultán de Egipto Melek-el-Kamel, familiar de Saladino, que dio inicio a la presencia franciscana en Tierra Santa. Jacobo de Vitry, obispo de San Juan de Acre al norte del actual Israel, escribió en ese mismo año: “Hemos visto llegar al hermano Francisco, fundador de los hermanos menores. Un hombre sencillo y sin letras, pero amable y querido de Dios y de los hombres. Llegó cuando el ejército de los Cruzados acampaba en Damieta, e inmediatamente se ganó el respeto de todos”. Y así es como Francisco indica a los hermanos el modo de evangelizar en adelante en la zona: amigablemente y con extrema humildad. Y ese mismo amor a Jesucristo es el que impulsaría a Francisco y a los hermanos menores a amar y venerar aquella Tierra que nos dio la fe.
Llegada a América
Es así como los franciscanos han caminado por el mundo y han roto fronteras en el transcurso de los siglos. Ese mismo ímpetu los impulsó, tres siglos después, a atravesar el océano hacia un nuevo continente apenas descubierto. El Capítulo General de 1505 reunido en Laval (Francia) erigió formalmente la Provincia de Santa Cruz de las Indias como base y punto de partida para la expansión de la Orden en los nuevos territorios y se les dio jurisdicción sobre todas las tierras descubiertas del Nuevo Mundo y las que estaban por descubrir. De 1508 a 1524 llegaron hasta América más frailes, lo que permitió que la Orden se expandiese a Jamaica, Cuba, Puerto Rico, y llegar a tierra firme, lo que hoy conocemos como Venezuela y el Darién, en Panamá. Es importante señalar que en 1522 el papa Adriano VI —con la bula Exponi Nobis Nuper Fecistis— amplió las facultades de los religiosos y daba a las órdenes mendicantes la autoridad para administrar los sacramentos de bautismo, matrimonio, comunión y confesión donde no hubiera obispos.
Llegada a México
Acompañando a Hernán Cortés en su travesía llegaron fray Pedro Melgarejo y fray Diego Altamirano, aunque no con una misión evangelizadora, sino como capellanes al servicio pastoral de los soldados. Sin embargo, el 13 de mayo de 1524, se recuerda la hazaña que marcaría la historia de Evangelización en México. Ese día, llegaron al puerto de Veracruz el grupo de los llamados “Doce Apóstoles” franciscanos que, dispuestos a dar su vida, llevaron la palabra de Dios por todo El contraste resultaba llamativo. Los indios rodeaban y seguían sin parar, hablando en el idioma local, a los piadosos hijos de San Francisco que no sacaban en limpio más que una constante repetición de la palabra “motolinia”. La insistencia con la que los nativos repetían esta palabra les picó la curiosidad y preguntaron qué significaba aquel vocablo. Les contestaron que quería decir “pobre” y el impetuoso fray Toribio de Benavente, lleno de entusiasmo, hizo de aquella palabra india su propio apellido. Una vez asentados en la región, los frailes franciscanos pidieron a los caciques y principales que les enviasen a sus hijos para educarlos en la fe cristiana. No les resultó fácil convencer a los respectivos progenitores, pero no se desalentaron, y, poco a poco, los colegios franciscanos se convirtieron en una institución de primer rango en el México cristiano. Además, se convencieron pronto de que era necesario el territorio. Estos fueron: fray Martín de Valencia, fray Francisco de Soto, fray Martín de Jesús, fray Juan Juárez, fray Antonio de Ciudad Rodrigo, fray Toribio de Benavente (Motolinía), fray García de Cisneros, fray Luis de Fuensalida, fray Juan de Ribas, fray Francisco Jiménez, fray Andrés de Córdoba y fray Juan de Palos. La misión franciscana se constituyó en la primera corporación eclesiástica en el Nuevo Mundo enviada por la Santa Sede con deseos de “arraigar” y “propagarse”. Es por ello por lo que son considerados como los verdaderos “padres” de la Iglesia mexicana. Cuando los “Doce Apóstoles” franciscanos desembarcaron y después de una larga travesía y fieles a la consigna de no claudicar jamás de la pobreza recorrieron a pie y descalzos las sesenta leguas que separan el puerto de Veracruz (San Juan de Ulúa) de la ciudad de México. Hernán Cortés los recibió solemnemente con muestras de veneración afirmando que esos sacerdotes de Dios venían a enseñarles el verdadero camino que conduce a la salvación; y que, por tanto, debían tenerlos en mucha estima y reverencia, obedeciéndoles y escuchando con atención su doctrina. Los franciscanos fueron, sin duda, una fuerza para los españoles y un descubrimiento para los indios. dominar el idioma de los nativos y llegaron a ser maestros en un menester tan humanista. Los franciscanos celebraron un Capítulo y dividieron la extensa región en cuatro provincias, que fueron la base de la definitiva organización de la Orden en estas nuevas tierras mexicanas. Escribía fray Motolinia, por haberlo escuchado así a los Tlaxcaltecas: “Estos indios en sí no tienen estorbo que les impida ganar el cielo, de los muchos que los españoles tenemos y nos tienen sumidos, porque su vida se contenta con muy poco… tienen pocos impedimentos para seguir y guardar la vida y la ley de Jesucristo” (Motolinia, Historia de los Indios de la Nueva España).
