¿Eran unos sabios sin más o también reyes? ¿Eran sólo tres? ¿De dónde venían? Sólo tenemos la noticia que leemos en el evangelio de Mateo 2,1-12. Veamos la historia y su identidad. Estas preguntas, la última aún más, han tenido varias respuestas en la predicación, en la catequesis en la teología, en la leyenda hagiográfica. El Papa Francisco nos dio una en su homilía del 6 de enero de 2016: «Los Magos –decía el Pontífice– representan a los hombres de todo el mundo que son acogidos en la casa de Dios. Ante Jesús no existe ninguna división por razas, lengua, o cultura; en aquel Niño toda la humanidad encuentra su unidad».
Todo lo que dice el texto del evangelista está en tres palabras: «llegaron desde Oriente» a Jerusalén después del nacimiento de Jesús, quizá dos años después, por lo que perpetra Herodes después del paso de los Magos. En el evangelio no se dice que fueran reyes, ni que eran tres, ni aparecen sus nombres (Melchor, Gaspar y Baltasar). ¿De dónde viene estos datos?
Los Magos de Oriente. La palabra “magos” se refiere a expertos cultivadores de la astronomía y de la interpretación de los sueños, así se desprende de los datos del emperador persa Jerjes. Al ser astrónomos es muy verosímil que se hayan decidido a viajar siguiendo una “estrella”, pues en sus creencias se habla de un “Mesías” (= el que socorre y salva), nacido de una virgen y anunciado por una estrella, destinado a gobernar el mundo ya salvarlo.
¿Donde surge la tradición? La creatividad de los pueblos y de las culturas se ha formado y ejercido, a lo largo de más de dos mil años de la historia cristiana, para darles una imagen identificable, unos nombres y una identidad más precisa a los magos del evangelio. Los Evangelios apócrifos han contribuido a la formación paulatina, entre los siglos VIII y XII de la era cristiana, de estas narraciones sobre los Magos y de la iconografía conocida. La mayor parte de nuestros conocimientos tradicionales sobre ellos deriva de la traslación de las consideradas reliquias de los Magos desde Milán hasta Colonia, que llevó a cabo Federico Barbarroja en 1164 y la redacción de esas noticias por Jacopo de Varazze, dominico, hagiógrafo y obispo de Génova († 1298) autor de la Legenda aurea, escrita entre el 1260 y el 1298.
¿Son Reyes y sólo tres? Para entender esta transformación de “magos” a “reyes”, hay que leer el texto de Isaías (cap. 60, 1-6 que anuncia la gloria de Yahweh, los “reyes que caminan al fulgor de su luz”) y el Salmo 72, 10 (el salmo mesiánico que recuerda a los reyes de Tarsis, de las Islas, de Saba y Sheba, que pagan tributo y llevan dones, probablemente desde Arabia del Sur), indicando que todos los reyes se prosternarán ante él, las naciones le servirán. Son profecías aplicadas a la Natividad de Jesús. Como también el buey y el asnillo, no aparecen en el evangelio, sino que se incluyen desde Is 1,3 donde menciona al “buey que conoce a su amo y el asno el pesebre de su dueño, pero Israel no conoce, mi pueblo no comprende”.
El número tres es de gran valor simbólico en la Sagrada Escritura, que puede ser interpretado como una alusión a los Magos para decir que todo el mundo había rendido su homenaje al Salvador. Tres eran los continentes conocidos entonces. La presencia de un mago de color ayuda a ver todo el simbolismo incluyendo las poblaciones de origen africano. O también el número podría ser la consecuencia de ser tres los dones: oro, incienso y mirra. También estos dones son de una gran carga simbólica, el oro indica la realeza de Cristo; el incienso, su divinidad; la mirra, se refiere a la condición mortal de Jesús.
Los nombres de los magos. Lo de los nombres es un poco más difícil de explicar. Baltasar, sería un nombre de origen babilonio o caldeo; Gaspar, de ascendencia irania; Melchor de procedencia fenicia. No tenemos muchas referencias históricas sobre ello, y no hay muchas noticias que recopilar.
La estrella. Hay otro elemento que se mantiene en la fantasía popular y también aparece puesta en el árbol navideño: el astro cometa, que guía a los Magos. En el evangelio de Mateo se habla de una “estrella”. El Papa Benedicto XVI recuerda con estudios actuales que puede referirse a fenómenos celestes ocurridos entre el año 7 y el año 4 antes de Cristo (fecha más probable del nacimiento de Jesús) como alineación de panetas (serían Júpiter y Saturno) en la constelación de Piscis, de la que resultaría el efecto óptico de extraordinaria luminosidad y brillo esplendoroso.
Los magos en nuestros días. El viaje de vuelta de los Magos a su tierra, “por otro camino” (Mt 2,12) no se ha terminado. Continúa después de su muerte, que ocurrió en Jerusalén, según la leyenda, porque después de la muerte y resurrección de Jesús volvieron a dar testimonio de su fe. Sus restos los encontraría santa Elena, que los trasladó a Constantinopla y entregados después a Eustorgio por el emperador Constante I, obispo de Milán en los años 343-355, que los llevó a su ciudad, edificando en su honor una basílica (llamada de San Eustorgio, antiguamente basilica trium magorum) en el lugar en el que el carro y los bueyes que llevaban las reliquias quedaron empantanados por el peso enorme del sarcófago. Allí permanecieron las reliquias hasta 1164 cuando Federico Barbarroja se las llevó a Colonia, durante el saqueo de la ciudad en ese año; en Colonia se veneran aunque una parte de las mismas reliquias volvió a Milán en 1904. En la década de los ochenta del siglo pasado, fueron examinadas científicamente; los tejidos que envuelven las reliquias son de tres telas distintas, dos de damasco y otra de tafetán de seda, de origen y factura oriental fechadas entre los siglos II y IV. Las leyendas aportan siempre un poquito de verdad.
