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V Reflexión franciscana

mayo 5, 2024

Publicamos la reflexión del mes de mayo, elaborada por franciscanos italianos con motivo del 800 aniversario de la impresión de las llagas

 Francisco, cuerpo “herido que cura” las heridas del hombre (LM 13, 5-7) 

 Terminado el plazo de cuarenta días que se había propuesto pasar en soledad y próxima ya la solemnidad del arcángel Miguel [el 29 de septiembre], bajó del monte el angélico varón Francisco llevando consigo la efigie del Crucificado, no esculpida por mano de algún artífice en tablas de piedra o de madera, sino impresa por el dedo de Dios vivo en los miembros de su carne. Y como es bueno ocultar el secreto del rey (Job 12,7), consciente el Santo de ser depositario de un secreto real, trataba de esconder con toda diligencia aquellas sagradas señales. Pero como también es propio de Dios revelar para su gloria las grandes maravillas que realiza, el mismo Señor que había impreso secretamente aquellas señales, mostró abiertamente por ellas algunos milagros, para que con la evidencia de los signos se hiciera patente la fuerza oculta y maravillosa de aquellas llagas. En la provincia de Rieti se había propagado una peste tan devastadora, que arrasaba despiadadamente todo ganado lanar y vacuno, hasta el punto de no poder encontrarse remedio alguno. Pero un hombre temeroso de Dios fue advertido por medio de una visión nocturna que se llegase apresuradamente al eremitorio de los hermanos, donde a la sazón moraba Francisco, y que, tomando el agua en que se había lavado las manos y los pies el siervo de Dios, rociase con ella todos los animales. Levantándose muy de mañana, se fue a dicho lugar, y, obtenida ocultamente el agua mediante los compañeros del Santo, roció con ella las ovejas y bueyes enfermos. Y ¡oh, maravilla! Tan pronto como el agua, aun en pequeña cantidad, llegaba a tocar a los animales enfermos y postrados en tierra, se levantaban al punto, recobrando el vigor de antes, y, como si no hubiesen sufrido mal alguno, corrían a pastar en los campos. Así, resultó que, por el admirable poder de aquella agua que había tocado las sagradas llagas, cesara del todo la plaga y huyera de los rebaños la mortífera peste. Antes de la permanencia del Santo en el monte Alverna, solía suceder que una nube formada cerca del mismo monte desencadenaba en las cercanías tan violenta tempestad de granizo, que devastaba periódicamente los frutos de la tierra. Pero después de aquella feliz aparición cesó el granizo, no sin admiración de los habitantes del lugar, de modo que el mismo cielo, serenando su rostro como no era costumbre, ponía de manifiesto la excelencia de aquella celeste visión y el poder de las llagas que allí fueron impresas. Sucedió también que, caminando el Santo durante el invierno montado en el jumentillo de un hombre pobre a causa de la debilidad del cuerpo y de la aspereza de los senderos, hubo de pernoctar al cobijo de la prominencia de una roca para evitar de algún modo las incomodidades de la nieve y de la noche, que se le echaban encima y le 

impedían llegar al lugar del albergue. Notando el santo varón que el hombre que le acompañaba se revolvía de una parte a otra murmurando quedamente con quejumbrosos gemidos, como quien mal abrigado no podía estar quieto a causa de la atrocidad del frío, encendido en el fervor del amor divino, extendió su mano y le tocó con ella. ¡Cosa admirable! De repente, al contacto de aquella mano sagrada, que portaba en sí el fuego recibido de la brasa del serafín (Is 6,6-7), huyó todo frío y se vio envuelto en tanto calor, dentro y fuera, como si lo hubiese invadido una bocanada salida del respiradero de un horno. Porque, confortado al instante en el alma y en el cuerpo, durmió hasta el amanecer tan suavemente entre piedras y nieve como jamás había descansado en su propio lecho, según el mismo declaraba más tarde. 

Comentario: Con manos crucificadas, con pies clavados, con corazón abierto, Francisco “desciende del monte”. La cotidianeidad del valle espera el cuerpo crucificado del Asisiense. Cuando impacta la Pascua en un cuerpo no deja nunca la realidad como la encuentra, se hace siempre creativo y sanante. Pero es necesario “descender del monte”, ir al encuentro del hombre, mezclarse con la carne de quien está herido, pobre, descartado. El hombre, el mundo, no deben dar miedo, son importantes justamente porque están heridos. Huir del mundo es el dinamismo opuesto a la Pascua. Ésta es deseo de encuentro, de amistad, de fraternidad. El mundo, que el cuerpo crucificado de Francisco va a encontrar, es contemplado en tres dinámicas de gran pobreza y desarmonía: la epidemia, el granizo, las dificultades relacionales que se convierten en tormentos del corazón. Tres experiencias de-creativas, que hablan de heridas enfermas. La epidemia es la propagación del mal, el mal que se hace crónico y desenfrenado. El mal del pecado que se convierte en estructura de pecado. El granizo evoca la creación que “gime y sufre con dolores de parto a la espera de la plena manifestación de los hijos de Dios” (cf. Rm 8, 19-23), una creación que no es ya una comunidad de hermanos y hermanas, sino que se transforma en enemiga, hostil, vengativa. Las dificultades de relación son aquellas desarmonías que quitan del corazón la paz, en las cuales perdemos de vista al otro como hermano y lo identificamos como el obstáculo a nuestra felicidad plena y a nuestro verdadero bien. Francisco se convierte en cuerpo traspasado que encuentra y sana las heridas del hombre y del mundo. Solo un cuerpo que ha sido impactado por la Cruz puede ir a encontrar las heridas del mundo, poniendo en ellas el bálsamo sanante de la misericordia, del perdón y de la alabanza. 

A la escucha de la Sagrada Escritura

1Pe 2,18-25

«Que los criados estén, con todo temor, a disposición de los amos, no solo de los buenos y comprensivos, sino también de los retorcidos. Pues eso es realmente una gracia: que, por consideración a Dios, se soporte el dolor de sufrir injustamente. Porque ¿qué mérito tiene que aguantéis cuando os pegan por portaros mal? En cambio, que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte De Dios. Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca, Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban; sufriendo no profería amenazas; sino que se entregaba al que juzga rectamente. Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados. Pues andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas» .

Comentario: Con sus heridas fuisteis curados. La Primera carta de Pedro empieza describiendo las relaciones en el interior de la familia a partir del comportamiento que se pide a los esclavos domésticos, que es, sin embargo, modelo también para las otras relaciones. A los esclavos se les pedía algo verdaderamente extraordinario. No deben simplemente servir con humildad a los mandatos de los señores, sino que encima debían considerar como una gracia los maltratos que pudieran sufrir, incluso los maltratos injustamente sufridos a causa de la fe. En otras palabras, los esclavos son llamados a entrar de lleno en la imitación de la pasión de Cristo, el cual sufrió las ofensas y la condena injusta sin protestar y sin cultivar en sí deseos de venganza. Evocando al siervo sufriente de Isaías 53, el autor interpreta la pasión de Jesús como un acontecimiento sanador por los que lo matan. Con su silencio de oveja que enmudece, lleva los pecados de quien lo maltrata y lo humilla, y así reconduce a los inicuos a Dios, la grey errante al pastor y custodio de las almas. La pasión de Cristo es un ejemplo para los esclavos. Ellos pueden seguir las huellas ofreciendo sus sufrimientos por sus señores violentos y, así, reconducirlos a Dios. Su sufrimiento no es ya solamente un bocado amargo o una cruz insensata, sino la ocasión de ofrecerse a sí mismos, a imitación de Cristo, como sacrificio agradable a Dios. 

A la escucha de los Padres de la Iglesia

«Sufrió golpes y heridas en el cuerpo, fue golpeado y azotado y golpeado, fue herido en la cabeza con una caña. Pero sus llagas se convirtieron en nuestra salvación, por sus llagas hemos sido sanados (Is 53,5). ¿Quiénes somos sino aquellos que una vez fueron engañados y no lo reconocieron, ni éramos conscientes de quién era?». (Eusebio de Cesarea, Catena) 

«[Como buen pastor] Jesús quiso redimirnos hasta el punto de poner nuestros pecados sobre sus hombros y llevarlos por nosotros al árbol de la cruz, para darnos vida eterna, y también la bendición en este mundo. Viene diariamente a visitar la luz que nos ha dado, la cuida y le ayuda a crecer. Por eso no sólo se le llama pastor sino también guardián de nuestras almas» (Beda el Venerable, Comentario a la I Carta de San Pedro) 

Comentario: San Eusebio de Cesarea, autor del III-IV siglo, es conocido por la Historia eclesiástica, primer “manual” de Historia de la Iglesia antigua que nos ha llegado, gracias a su buena cultura pagana, sobre todo en ámbito filosófico, y óptimo conocimiento de la Escritura y de las cartas cristianas, nos ha dejado también significativos comentarios a la Escritura, entre los cuales el catenario propuesto, en el cual, privilegiando la clave interpretativa cristológica, interpreta Is 53 a la luz de las heridas del Señor resucitado. 

Sin embargo, el comentario de Beda el Venerable (cerca del 673 – 26 de mayo del 735), monje cristiano e histórico anglosajón, que vivió en el monasterio benedictino de San Pedro y San Pablo en Wearmouth, en Inglaterra, y a Jarrow, en Northumberland, es famoso como estudioso y autor de numerosas obras, tras las cuales la más conocida es la Historia ecclesiastica gentis Anglorum (Historia eclesiástica del pueblo de los Ingleses), que le valió el título de “Padre de la historia inglesa”, propone una lectura del “buen pastor”, ya largamente aclimatada en la Iglesia antigua, pero con la original interpretación del “guardián de las almas” que viene a visitar la luz que se nos ha dado, a fin de alimentarla.