Nuevo número de la Revista Tierra Santa
Ya está disponible el nuevo número de la Revista Tierra Santa correspondiente a los meses de septiembre-octubre
La vida es corta si no se ha vivido
En una circular escrita a los provinciales franciscanos, el vicario general de la Orden, fray Elías, anunció el 4 de octubre de 1226 que durante la noche anterior había fallecido san Francisco en la Porciúncula, muy cerca de Asís (Italia). Acabaron los días de su peregrinación terrenal. ¿Cómo debe ser el tránsito a la vida celestial?, ¿qué preguntas nos haremos al saber el final de nuestra vida?, ¿mereció la pena nuestra existencia? “Cuando llega el último trance —decía Séneca— conocemos que la vida se le fue, sin que el hombre haya entendido que caminaba”.
Efectivamente, el filósofo romano analiza en su ensayo La brevedad de la vida que la vida no es corta si se hace buen uso de ella, ya que habitualmente confundimos tener años con haber vivido: “pequeña parte de la vida es la que vivimos: porque lo demás es espacio, y no vida, sino tiempo”.
San Francisco es un ejemplo claro de esta idea. Murió joven, a los 44 años. Tuvo una vida aparentemente corta, pero ¿cuántos de esos años los dedicó a lo que realmente él consideraba importante? Antes de su conversión era hijo de un rico comerciante de telas, con dinero y reconocimiento. Lo tenía “todo”, pero se sentía vacío. Despojándose frente a su padre y el obispo de sus vestiduras y renunciando a todas sus pertenencias, san Francisco dejó de vivir ocupado para empezar a vivir de verdad, su Verdad: la oración y el Evangelio, una vida en fraternidad y una estrecha relación con la pobreza y la naturaleza.
Así fue la vida de san Francisco, dedicada a los más pobres de entre los pobres, a los marginados, a los que nadie quería. Y eso le dio la serenidad necesaria para afrontar su tránsito a la vida celestial. Pese a los dolores provocados por su enfermedad, pese a los estigmas con los que se identificaba con el Señor, se sintió tranquilo porque, aunque murió joven, vivió.
Ya lo advertía Séneca: “¡oh, cuán tardía acción es comenzar la vida cuando se quiere acabar!” y sentenciaba: “viendo lo poco que has dejado de ti, juzgarás que mueres malogrado”.
San Francisco no aplazó nada, no pospuso nada. No esperó a tener tiempo porque sabía que no podía llegar tarde a vivir su propia vida. Por eso no hubo lamento en su tránsito, porque dejó todo lo que tenía de sí mismo, entregándoselo a los demás. Por eso, este número de la revista está dedicado a conmemorar los ocho siglos de una entrega y un amor sin fin; de confianza plena en el Resucitado.
No se trata de los años que vivamos, sino de vivir bien de los que dispongamos. Paz y bien